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domingo, 4 de julio de 2010

EL ALFARERO CON DIEZ OJOS

Siempre que el pequeño Tomás estaba cabizbajo, el viejo alfarero entrelazaba sus manos con las del niño dejándole sentir la vida que bullía en cada trozo de arcilla. Las figuras estaban allí dentro, decía, tan sólo había que ayudarlas a salir. El contacto húmedo con el barro le hacía olvidar los problemas de inmediato. El chico, hipnotizado por el movimiento del torno, observaba el cuerpo que se iba creando, como un feto informe transformándose en arte.

Una tarde Tomás confesó el motivo de su tristeza. En el colegio se burlaban de él y se reían de sus gruesos lentes llamándole cuatro ojos. El viejo, sonriendo, le respondió: -yo soy ciego, pero veo a través del tacto, así que puedes llamarme diez ojos si quieres-. El muchacho, avergonzado, asió las manos del alfarero y entrelazándolas con las suyas, se fundió con él en el barro.

2 comentarios:

Alberto Flecha dijo...

Me gusta, Maite ¿pero sabes qué? Yo dejaría tan sólo el segundo párrafo, es suficiente para lo que quieres expresar y lo dice todo. Está toda la información ahí. No veo, además, mucha conexión entre ambos párrafos, aunque es cierto que están muy bien hechos. Es bonita esa imagen miguelangelesca de la figura dentro del pegote de arcilla, pero insisto, no veo la relación clara con lo otro. Es mi opinión.
Un abrazo.
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Maite dijo...

Alberto, en este micro el primer párrafo es el niño quien da vida al viejo alfarero, con su juventud y su cariño. En el segundo párrafo es el alfarero quien le da la lección de vida al chico. Así se cierra el círculo, ese es el sentido de los dos párrafos.

Gracias, Alberto, por tu aportación y opinión sincera. Un abrazo.